El duelo en la infancia y la adolescencia: cuando la pérdida llega antes de lo previsto

Todas las personas, en algún momento de la vida, vamos a padecer alguna gran pérdida, incluso dos de media, como dice el reconocido psiquiatra español Luís Rojas Marcos. Dicha pérdida, no se refiere sólo a la muerte de un ser querido, sino que puede ser por circunstancias muy diversas, como la pérdida de una pareja, del trabajo, la casa, la mascota, un amigo, incluso la salud. Por desgracia, en ocasiones, esa pérdida llega siendo un niño o adolescente, teniendo que afrontar demasiado pronto el dolor que supone la muerte de un padre, abuelo, mascota; o el divorcio de los padres, la pérdida de un amigo por traslado, el cambio repentino de colegio, o de casa, una enfermedad grave, y una larga lista de situaciones posibles. Además, de la pérdida en sí, están todos los planes, esperanzas sueños, fantasías, expectativas que ya no se cumplirán. Lo que pudo haber sido y no será.

Ante una pérdida importante podemos responder de forma muy variada, como sentimientos de negación, rabia, desconcierto, culpa, sensación de ausencia de control, desadaptación, disociación con la realidad, fatiga, soledad, tristeza, depresión, que pueden durar desde semanas a años. Algunas personas se encierran en sí mismas y no exteriorizan los sentimientos y emociones; otros, por contra, expresan abiertamente lo que sienten, en algunos casos de forma excesiva; otros parecen reprimirlos, continuando en la vida como si no hubiera ocurrido la pérdida. Cada uno reacciona como buenamente puede cuando la vida te zarandea, con los recursos que uno tiene, tanto a nivel psicológico, como de apoyo social, siendo quizás más difícil cuando eres niño o adolescente, y descubres que la vida tiene un lado duro que no habías conocido hasta entonces. 

Este proceso emocional que abarca un amplio abanico de respuestas y de mezcla de emociones se denomina duelo, y es una respuesta normal ante la pérdida, pudiendo derivar, en algunos casos, a un duelo complicado o patológico. Dicho proceso, fue descrito por el doctor en medicina y psicología Erich Lindermann [+], quien intervino con los seres queridos de parte de las casi quinientas víctimas de un incendio en una fiesta en Boston, tragedia ocurrida en 1942, bautizada como Cocoanut Grove Fire [+].


El curso del duelo

De manera muy breve y simplificada, las manifestaciones del duelo se pueden describir en tres fases:

  • La evitación, en la cual hay shock, negación e incredulidad. Es una reacción natural al impacto del golpe. La persona puede estar aturdida, confundida, por no comprender qué está pasando. Puede aparecer la negación, como mecanismo de defensa, como un intento de amortiguar la pérdida, de que tu vida se ha tambaleado, que ya no será como la conocías hasta ese momento. En ocasiones se puede aceptar la pérdida desde un punto de vista intelectual; pero negando el estado emocional, permaneciendo ocupado, como, por ejemplo, dar consuelo a otros, hacer preparativos del funeral, mudanzas, papeleo burocrático,...
  • La confrontación, en la que las manifestaciones emocionales son más agudas. La persona reconoce la pérdida; pero pueden aparecer todavía momentos de negación. Pueden surgir sentimientos de angustia, tristeza intensa, rabia, así como de vulnerabilidad (se pierde la sensación de seguridad y control sobre la vida). La rabia, la culpa, e incluso, el odio a sí mismo, siendo reacciones emocionales habituales y naturales, pueden ser problemáticas en su canalización, mostrándose muy contenido en algunos casos, o susceptible y muy reactivo en otros. Es frecuente la ambivalencia, la mezcla de sentimientos opuestos. Se dan síntomas típicos de la depresión; pero no hay que confundirla con ésta.
  • El restablecimiento, en el que se da una atenuación del duelo y comienza una regeneración social y emocional dentro de la vida cotidiana. La persona aprende a vivir con la pérdida, no es olvidada, sino recolocada. La energía es invertida en nuevas relaciones sociales, cosas, ideas,... En algunos casos, y de forma eventual, pueden surgir sentimientos de culpa, de estar traicionando a la persona perdida.
El concepto de muerte a lo largo de la infancia y adolescencia

Hay tres aspectos a tener en cuenta en el desarrollo del concepto de muerte: la universalidad (todos morimos), la irreversibilidad (no hay vuelta a atrás), y el cese de los procesos corporales. El concepto depende directamente de la etapa del desarrollo en la que se encuentra el niño, y del grado de madurez cognitiva de cada niño en concreto:

Antes de los tres años, el niño no tiene el concepto de tiempo, ni el de límite del mismo. Lo único que le duele es la ausencia del padre/madre (ansiedad de separación). Si pueden manifestar sentimientos y conductas imitadas de sus adultos de referencia, por puro contagio emocional.

Entre los tres y cinco años los niños no tienen la noción irreversible de la muerte, creen que es algo temporal, como en los dibujos podemos levantarnos de nuevo; o que la persona está en otra parte (ej.: el cielo, que tampoco saben lo que es). Algunos niños pueden creer que el muerto no se puede mover, ni hablar; pero sí que escucha; mientras otros creen que está durmiendo y que se levantará, podrá comer, respirar,.... Otros pueden pensar que la persona está furiosa y ha decidido irse. Existen estudios que afirman que los niños de esta edad sí pueden tener desarrollados los conceptos de irreversibilidad, de universalidad y de cese de los procesos corporales. Más allá del desarrollo y madurez cognitiva de cada niño, lo que si perciben son las respuestas y estados emocionales de los adultos que lo rodean, pudiendo producirse contagio emocional.

Entre las respuestas típicas de los niños de estas edades, que entran dentro de la normalidad, podemos encontrarnos las siguientes:

  • Perplejidad, confusión, se niegan a creerlo.
  • Regresión, se apegan en exceso a la persona adulta que les queda y demandan más cuidados.
  • Ambivalencia, pasando de parecer que no les afecta nada, a salir con preguntas irreales que demuestran que no han aceptado la pérdida.
  • Expresión de dolor a través de los juegos.
  • Imitación de padres o hermanos en la expresión o contención, según sea el caso, de las emociones.
  • Miedo ante otra posible pérdida, preocupándose de que no sean también abandonado de las personas que le quedan.
  • Búsqueda de otros vínculos, con adultos de cualidades similares al fallecido.
Es a partir de los cinco años (algunos antes), de forma gradual y según el ritmo de desarrollo de cada caso, cuando los niños empiezan a tener noción de que la muerte es el final, que es irreversible. Algunos niños, sobre los siete u ocho años, se hacen preguntas acerca de la muerte (hay niños que se hacen esas preguntas de manera muy temprana), piensan que sus padres morirán algún día, y ellos también. También pueden darle personalidad a la muerte (la muerte es una persona), creer en fantasmas y espíritus. Aún así, el niño trata de mantener una distancia con la muerte y no pensar mucho en ella.

Algunas de las respuestas más habituales a estas edades son:

  • La negación, pudiendo ponerse hasta agresivos. Otros pueden mostrarse contentos y juguetones (más de lo habitual). El dolor es tan profundo que intentan meterlo en un caparazón en el que no les duela.
  • Mantener una relación imaginaria con la persona fallecida.
  • Sentimientos de culpabilidad, que les hace contener sus emociones.
  • Se sienten vulnerables, indefensos. Además, no quieren que sus amigos o compañeros de clase los hagan sentir diferentes.
  • Pueden manifestar conductas más adultas, ocupándose de las tareas que hacía el fallecido, o querer ocuparse del padre o madre superviviente.
  • Pueden buscar a la persona fallecida por la casa, o por los lugares que compartían. Hay que dejarles buscar, y decirles que nosotros también deseamos hacerlo.
Sobre los diez años, los niños ya tienen un concepto más definido de la muerte, aunque también dependerá de que hayan tenido contacto con ella en su vida (abuelo, mascota, familiar lejano, padre o madre de un amigo,...). La muerte la ven como algo muy lejano, generándoles la idea de que son invulnerables y que nada malo les puede pasar. Por ello, cuando ocurre en estas edades una muerte de alguien muy joven, les rompe esa sensación de que la muerte es algo que no va con ellos, generándoles indefensión.

En la adolescencia se tiene ya bien definido el concepto del tiempo, espacio, cantidad y causalidad. La muerte es un principio general, una ley natural, ya no se ve como algo difuso o fantasmagórico (universalidad), es irreversible y puede ser por causas internas (enfermedad) o externas (accidente). Aún así, siguen viendo a la muerte como algo lejano que no va con ellos, continuando con la sensación de ser invulnerables ante ella. El adolescente puede pasar por un proceso de duelo similar al del adulto. Según el caso, pueden exhibir una repentina madurez, queriendo tomar papeles que no les corresponden en casa aún, llenándose de responsabilidad, en lo que puede influir cómo lo esté afrontando el adulto de referencia y los mensajes que haya recibido del fallecido y el resto de familiares (ej.: ahora eres el hombre de la casa y tienes que cuidar de tu madre).

La muerte de los padres

Los factores clave sobre cómo afectará la muerte de una padre/madre a un hijo son: el tipo de relación mantenida con el padre/madre, la edad del hijo, que la muerte sea prevista por enfermedad o imprevista, la madurez emocional del hijo, así como su personalidad.

La elaboración del duelo de un hijo se estima que será menos difícil cuanto mayor sea el hijo y mayor madurez tenga. Para un niño pequeño la muerte es un misterio, pudiendo presentar sentimientos de culpa, pensando que es el causante de la muerte por haber hecho algo malo, y ha sido castigado y abandonado. Cuando ocurre algo más tarde puede ir acompañado de cierta regresión a una etapa anterior del desarrollo.

El duelo es más llevadero cuando la muerte estaba prevista, y ha habido tiempo para un habla sincera con el padre/madre. Cuando es repentina, y el hijo mantenía una relación tensa con el padre/madre, o cuando el estilo educativo era muy autoritario, el duelo puede permanecer mucho tiempo sin resolverse, mezclándose alivio y culpa.

Por contra, cuando el hijo se identifica mucho con el padre/madre, el impacto es por una parte mucho mayor, pero puede avanzar hacia nuevas áreas de desarrollo, o actuando según sus enseñanzas como forma de honrarlo.


Educación acerca del duelo

Vivimos en una sociedad que pretende vivir de espaldas al dolor, y no digamos de la muerte. Existe un bombardeo permanente que nos empuja a dirigirnos hacia la felicidad absoluta y entregarnos a ella. Todos queremos que nuestros hijos sean felices y no sufran, negándonos que eso es irreal y que también van a sufrir en mayor o menor cantidad e intensidad. Sin embargo, en ese mundo pretendidamente empalagoso, nos olvidamos de preparar a nuestros hijos a ser fuertes y a aguantar los sinsabores de la vida. Tarde o temprano, todos estamos expuestos a tener que transitar por un proceso de duelo a lo largo de nuestra existencia. Ese momento, es más probable que llegue en la vida adulta; pero, nos guste o no, puede llegar antes de los esperado, en la infancia o en la adolescencia. Y cuando llega, lo gestionaremos como buenamente podamos, sin experiencia previa, sin manual de instrucciones, improvisando, y en la más íntima de las soledades.

Por estos motivos, y aunque resulte un tema desagradable, fuera de todo ese movimiento de positivismo empalagoso que puede generar grandes frustraciones y debilidades, creemos que es necesario que los adultos, que de una u otra forma educamos a niños, nos formemos en esta temática para, a su vez, los formemos a ellos y lo afronten en mejores condiciones, siendo especialmente importantes los padres, los docentes y los pediatras.

En los centros educativos, con la colaboración de los padres, se podría tratar la naturaleza del duelo y cómo adaptarnos, incluyéndose aspectos como la necesidad de abrir la expresión del duelo, conceder "permiso" al doliente, la necesidad de reconocer y aceptar el apoyo durante ese período vulnerable, la importancia de unas buenas habilidades de comunicación, la identificación de comportamientos útiles, la sensación de no ser entendido, las extrañas sensaciones físicas, la corrección de conceptos erróneos, los "debería" de turno que acompañan a los sentimiento de culpa, y un largo etcétera. Incluso, se puede plantear un protocolo de actuación en caso de que le ocurra una pérdida importante a algún alumno del centro.

En definitiva, es importante que los niños y adolescentes conozcan qué es el dolor de una pérdida, cómo se puede reaccionar y cómo se puede gestionar, para que estén mejor preparados para vivir, con sus cosas buenas y las no tan buenas, que también las tendrán. 

También es importante saber diferenciar un duelo de una depresión, no tratando de medicalizar ni convertir en una enfermedad, algo que, inicialmente, es un proceso de lo más normal. Otra cosa es que se complique, se eternice y se convierta en un problema.


Finalizamos con un decálogo sobre los derechos del niño en el duelo ante la muerte de un ser querido:
  1. Tengo derecho a tener mis propios sentimientos. Tengo derecho a enfadarme, sentirme triste o sólo. Puedo tener miedo o sentir alivio. Puedo sentirme insensible a lo que me rodea o, a veces, no sentir nada en absoluto. Nadie sentirá exactamente lo mismo que yo.
  2. Tengo derecho a hablar de mi dolor siempre que tenga ganas. Cuando necesite hablar, encontraré a alguien que me escuche y me quiera. Cuando no quiera hablar, no pasará nada. También estará bien.
  3. Tengo derecho a expresar mis sentimientos a mi manera. Cuando los niños sufren les gusta jugar durante un rato. Puedo jugar y reírme. También puedo enfadarme y portarme mal. Eso no quiere decir que sea malo, sino que tengo sentimientos que me asustan y que necesito que me ayuden.
  4. Tengo derecho a que los demás me ayuden a sobrellevar el dolor. Especialmente los adultos que me quieren. Básicamente necesito que presente atención a lo que digo y lo que siento, y que me quieran pase lo que pase.
  5. Tengo derecho a disgustarme con los problemas normales y cotidianos. A veces puedo estar de mal humor y puedo tener problemas en la relación con los demás.
  6. Tengo derecho a sufrir oleadas de dolor. Las oleadas de dolor son sentimientos de tristeza repentinos e inesperados que a veces me invaden, incluso mucho tiempo después de la pérdida. Estos sentimientos pueden ser muy fuertes, e incluso pueden dar miedo. Cuando me sienta así a lo mejor tengo miedo a estar solo.
  7. Tengo derecho a utilizar mis creencias religiosas (el que las tenga) para sentirme mejor.
  8. Tengo derecho a preguntarme porqué ha muerto la persona querida. Sin embargo, si no encuentro una respuesta no pasa nada. Las preguntas sobre la vida y la muerte son muy difíciles de contestar.
  9. Tengo derecho a recordar a la persona que ha muerto y hablar de ella. En ocasiones, los recuerdos serán alegres y, en otras, serán tristes.
  10. Tengo derecho a seguir adelante. Viviré una vida lo más feliz que sea posible. La vida y la muerte de esa persona siempre formarán parte de mi. Siempre la echaré de menos.
Para saber más y mejor:
  • Fundación Mario Losantos del Campo (2016) Hablemos de duelo. Manual práctico para abordar la muerte con niños y adolescentes. [+]
  • Fundación Mario Losantos del Campo (2011) Explícame qué ha pasado. Guía para ayudar a los adultos a hablar de la muerte y el duelo con los niños. [+]
  • León, A.; Gallego, M. (2018) Cómo abordar la muerte y el duelo con los niños. Madrid: Síntesis. [+]
  • Pardo, A.B.; Feijoo, P. (2003) La escuela y el duelo. Vizcaya: Sortari. Atención Integral al Desarrollo de la Persona.
  • Peña, L.; Montaña, C. (2010) Manejo del duelo en niños y adolescentes desde el enfoque cognitivo-conductual. En V.E. Caballo y V. Simón. Manual de Psicología Clínica Infantil y del Adolescente. Madrid: Pirámide.
  • Servicio Andaluz de Salud (2011) Guía para los profesionales de la salud ante situaciones de duelo. Consejería de Salud. Junta de Andalucía. [+]

Compartir entrada